miércoles, 30 de abril de 2008

¿Un café?

Llevaba días sin encontrarme contigo, tantos que apenas hubiera logrado reconocerte a simple vista si no hubiéramos quedado para intercambiar unas palabras. Parecías distinta, pero aun así conservabas ese halo de misterio y reserva que inconscientemente utilizaste como arma seductora mucho tiempo atrás. Como siempre, llegué tarde a mi cita y no pudiste evitar contemplarme algo molesta. Te sorprendería tal vez averiguar todas esas palabras que pronuncias involuntariamente con tan solo una mirada y que con el paso del tiempo he conseguido aprender a leer con torpeza aun.

Ignoré por completo tu expresión de desagrado por mi retraso y antes de que hubieras sido capaz de incorporarte del asiento, me lancé a tus brazos efusivamente. Me miraste con sorpresa, dado como estabas acostumbrada a mi carácter un tanto introvertido. Me senté a tu lado con cierto aire de seguridad. Todo aquello, era obvio que te desconcertaba. Era habitual en ti dirigir la situación, incluso en aquellos momentos pasados en los que disfrutabas observándome cautelosamente por el rabillo del ojo y que yo fingía no descubrir para que no acabaran nunca.
Como habíamos previsto, nuestro reencuentro se produjo al aire libre, otorgándonos así la ocasión de disfrutar de un café para llevar que habías adquirido a pocos metros de donde entonces nos situábamos. Comenzamos una conversación absurda sobre aspectos superficiales de nuestra vida para evitar el temido silencio, pero por más que lo intentamos esquivar, éste, se escabulló de donde se hallaba preso y tomó asiento entre ambos cuerpos. Hacía viento, pero a ninguna de las dos parecía importarnos lo más mínimo.

Durante los primeros minutos tu mirada se centro por completo en la mía, pero a medida que avanzaba la conversación que habíamos vuelto a retomar, esos ojos que tan poco guardan la discreción de tus pensamientos, comenzaron a deslizarse por mi rostro, tal y como lo habían hecho ya alguna vez en el pasado. Por fin se detuvieron en mi boca para escucharme, mientras la tuya se entreabría ligeramente para permitir de este modo que tu lengua humedeciera su exterior. Jugabas con tu anillo, tal vez sin darte apenas cuenta, pero tratando de desprenderte de él en algunas ocasiones. Por fin, el objeto cedió a tus súplicas y descendió por tu anular hasta aterrizar en medio del espacio que nos separaba en aquel banco. Aproximamos nuestras manos con un movimiento firme para recogerlo, pero ambas las posamos al mismo tiempo sobre aquella concentración de fuerzas en las que ahora él se había transformado. Ninguna de las dos dijo una sola palabra, ni ejecutó ningún movimiento hasta que mi dedo comenzó a desplazarse por encima de los tuyos. Tu piel respondió lentamente a mis caricias y tu índice, seguido de los restantes, comenzaron a entrechocarse poco a poco con los míos. Tras un amago de unión, los deslicé casi sin llegar a ser un leve roce por la palma de tu mano y tras un camino descendente comenzaron a ascender de nuevo por tu brazo desnudo hasta el límite superior de su contorno. Acariciaba tu nuca, tu clavícula y tu cuello, mientras mi mirada reposaba en cada centímetro que mi piel iba descubriendo a medida que avanzaba por tu cuerpo. Tu mano coqueteaba tímidamente aun sobre mi brazo y mis dedos se desplazaron por fin hasta tu rostro para dibujar tu perfil, tus pómulos y por último tus labios humedecidos. En ese instante alcé mi mirada para encontrarme con la tuya de nuevo y tu boca correspondió con un ligero y suave mordisco. Un escalofrío emergió cerca de mi ombligo y mi cuerpo no pudo resistir la tentación de aproximarse aun más al tuyo de una vez por todas, derramando al suelo en el trayecto los cafés que habíamos posado hacía un rato. Aparté mis dedos de tu boca y los deslicé en un movimiento firme por tu mejilla seguidos por la palma de mi mano hasta colocarla en algún lugar cercano a tu nuca para acercarte, de este modo, completamente a mí.
Un ruido me sobresaltó entonces en ese instante. Era el silencio que aun reinaba entre nosotras mientras contemplábamos el paisaje a nuestro alrededor con los cafés todavía enteros en la mano.

Pasado

Hace no mucho tiempo, me hablaste un poco más de ti. Amparada por la cercanía que crea el teléfono dentro de nuestra distancia, decidiste compartir conmigo historias desconocidas, intrigantes y aventureras. Me relataste tus viajes a oriente y tus travesías por el desierto. Dejaste en muchos de aquí tu huella anhelando algún reencuentro, me dijiste. La verdad es que aun conservas esa parte bohemia y seductora que tanto me gusta, pero ¿lo habría calificado así también por aquel entonces? Asumo que ni tú ni yo sabremos nunca la respuesta.

¿Tú o yo?

Siempre valoré mi libertad y esa sensación de conseguir desprenderme poco a poco del error y de la ilusión que crea nuestra mente. No obstante, hoy me he detenido a mirarme otra vez más en el espejo, y a pesar de que al principio mis ojos se negaban a prestarle demasiada atención a esa pequeña imagen que se reflejaba en él, no he podido ignorarla por más tiempo. Por fin, he debido reconocer que de un modo que aun desconozco, me has convertido en un ser dependiente de ti. Aunque si no me equivoco, no creo que seas tú quien lo haya hecho, sino yo. Pero eso, por desgracia, a pesar de que lo intuyo y así lo manifiesto, me resulta aun más difícil de admitir.
No quiero que vuelvas a convertirme en un ser con tendencia evasiva de la realidad como solía ser antaño. Ahora ya no puedo permitírmelo y debes comprenderme…Con esto no quiero que entiendas que a día de hoy considere que por aquel entonces nuestra relación fuera una pérdida de tiempo, pero sí, tal vez, se acabó transformando con el paso de los años en una extraña adicción que nunca llegaba a ser consumada por completo.
Cada roce, cada susurro y cada caricia eran palabras que se tornaban infinitas. Palabras que conseguían alcanzar el preciado estatus de eternas en aquel entonces por poder leerlas una y otra vez logrando así recrearlas de nuevo en mi imaginación. Palabras que en aquel momento me dieron un poco más de vida, pero al fin y al cabo, con el tiempo se quedaron solo en eso, en palabras…

martes, 29 de abril de 2008

reencuentro

Hoy me he reencontrado con tus ojos, aquellos que han ido mutando a lo largo del tiempo de unos tonos a otros. Los primeros fueron azules y he de decir que fue el color predominante durante muchos de los años venideros. Después, llegaron los verdes que despertaron mi interés, pero a los que yo engañaba involuntariamente con otros similares a los tonos azulados ya expuestos. Hoy son menos luminosos, pero ese marrón oscuro, que asemeja a la oscuridad en la que te encontrabas el día que te conocí tras tu viaje al centro de la Tierra, me incita a descubrirte y algunas veces me sorprendo a mí misma reconociendo en ellos muchos de los otros colores.

Nunca salí de esa espiral

Durante meses me prometí que por mucho que me costase, no volvería a caer en ese exhibicionismo desmedido del que fui presa gracias al anonimato que ofrece el espacio cybernético. Lamentablemente, muchas veces mi razón no es lo suficientemente fuerte como para controlar todas y cada una de mis pasiones, y así, hoy, retorno a esa espiral en la que día a día, durante casi un año completo, decidí sumergirme para compartir contigo y sin que tú ni siquiera lo supieras, cada uno de mis anhelos. No sé por qué me esfuerzo en reinventarte aun sabiendo que la distancia entre ambas es inversamente proporcional dependiendo de quien de nosotras sea la interrogada, que cuanto más te evoco en mi mente, menos lo haces tú en la tuya, y que si nos cruzáramos en el camino probablemente tu único movimiento sería un leve contoneo para evitar tropezar conmigo, jamás para insinuarte. La primera y última vez que recurrí a estos métodos para sentirte más cerca, me escondí, presa del miedo a ser vulnerable tal vez, dentro de la muralla del sarcasmo y la frivolidad. Esta vez será diferente. Ya no me importa mostrarme como soy, o mejor dicho, como en el fondo quisiera ser, porque por más que lo intento y buceo dentro de mis propias palabras, gestos y pensamientos, aun no logro hallar esa esencia que tanto persigo encontrar. No obstante, contigo o sin ti, espero reconocerla algún día.