domingo, 21 de septiembre de 2014

El pasajero del equinocio auxiliar

se aproxima. Por eso corren a mi alrededor las salamandras.

martes, 16 de septiembre de 2014

Septiembre

Llegué a casa de trabajar, a ese amplio y solitario apartamento que alquilo en tu ciudad desde hace meses. La holgura de sus estancias exhiben con mayor intensidad la frialdad de un piso prácticamente deshabitado en el que deambulo cual fantasma al caer algunas noches, perdiéndome por sus esquinas como alguna vez lo he hecho por tu cuerpo. Me descalcé tan pronto como crucé el umbral de la puerta, sin percatarme de tus sandalias colocadas bajo el perchero. La causa tal vez fuera que sabía que jamás imaginarías que podía haberte mentido de ese modo, sabiendo, como lo hacías, que hubiera deseado verte con mayor frecuencia si eso hasta entonces me hubiera sido posible.

Giré por el pasillo y penetré en el salón. Te habías preparado algo de beber y me mirabas sonriente. -¿Quieres una copa?- me preguntaste con una mirada burlona restándole importancia al hecho de haber entrado sin permiso en una casa que ni debías saber que existía y que resultaba ser mía.

-No, tenemos una ducha pendiente- fue mi respuesta.

Te tomé de la mano y te empujé lentamente fuera del salón, a la vez que mis labios saludaban a los tuyos y mis manos se hacían hueco entre la ropa de camino a tu piel. Hoy el tiempo no existía, así que te guié besándote por el pasillo muy lentamente mientras mi mano se deslizaba ya por tu espalda. Fuera llovía y hacía viento, como una réplica de la humedad de nuestros sexos al sentir el aliento contra la piel. Te empujé contra una de las paredes más cercanas y comencé a desnudarte aprisionando tu cuerpo contra el mío. Deslicé por tu cuello mis labios, por tus senos, por tu vientre y tu ombligo, para arrodillarme ante ti y probar la humedad de tu sexo. Sabes que eso me encanta de ti.
Mi respiración y mi lengua acariciaban tu clítoris generando un efecto casi recíproco en el mío. Mis manos se deslizaron por tus muslos y te empujaron desde los glúteos con fuerza hacia mí para abrirse paso más tarde entre tus piernas y acompañar así el juego de mi lengua penetrando poco a poco en tu interior. Me levanté y besé tu cuello para susurrarte -Sígueme. Tenemos una ducha pendiente-.

martes, 4 de febrero de 2014

Dolor

El frío produce quemaduras. Por eso al atravesarse el pecho con un témpano de hielo cortante le abrasaba el corazón

Lealtad

«Me gustaría poder controlar tus aguas en un recipiente para evitar tus mareas y conservarte uniforme. Aun no sé cual de las dos fases marinas me aterra más. Sin embargo te dejo libre tan solo sometida a los caprichosos influjos de la luna porque quiero que fluyas y no que te estanques. Sabes que te amo...». Besó su rostro en el espejo.

Deidades

«¿Quién se esconde tras el claroscuro?» «Es un gato tembloroso huyendo de aquel roedor. Baco le cubre con su manto de licores y exceso, pero es el dios equivocado para aplacar sus temores» «Tal vez si Marte se postrara a su lado...» «Te confundes. La fuerza externa no le rescatará de su infortunio cobarde. Tan solo hallará consuelo embriagado del Santo Grial de Afrodita»

Tropiezos

Me crucé contigo cabizbaja sin saber porqué. Era uno de esos días en los que la fuerza del pecho se sostiene implacable desde la garganta hasta el pulmón y cada célula invisible de mi psique me incitaba a pasear a un ritmo decreciente junto al torrente de agua fría en el que ansiaba encontrar una mirada del Principio Único más misericordiosa que de costumbre. No acerté a apreciar tu género hasta que me acerqué aun más a ti. Apenas habías cumplido los treinta, pero la ropa rasgada y sucia hacían que te desplazaras con la pesada gravidez de un muerto. Imaginé cómo habría sido tu pelo lavado, aquel que nacía bajo el gorro de lana y cubría parcialmente tus mejillas, cuando tiempo atrás tu casa era más que aquel carrito roido del que asomaba un paraguas negro invertido y un bolso cuidado que dejaba entrever una etapa mejor. Me sonreiste con la cara joven y manchada. En ese momento dejé de tratar de apiadarme de mí. No pude sostenerte la mirada.

Duda

«¿Vas a quedarte a mi lado?» -le preguntó mientras asía con fuerza la taza de café. «No lo sé. Se aproxima una brisa gélida por el septentrión». «Entonces estamos de suerte. Es Eolo que viene a bendecirnos »